Carta A La Señora Cristina De Lorena, Gran Duquesa De Toscana

Por otra parte, Urbano VIII simpatiza con Francia, una capacidad nuevo que se enfrenta a la hegemonía española. Galileo recibe el permiso del Papa para escribir un libro en el que quedarían explicados los dos sistemas del mundo. Pero es advertido de que sólo va a poder charlar de la hipótesis copernicana como una pura hipótesis matemática, pero sin metas de que sea una explicación física. En 1632 Galileo publica DIALOGO SOBRE LOS DOS MÁXIMOS SISTEMAS DEL MUNDO. En él, Galileo ridiculiza a los defensores del sistema geocéntrico. Las autoridades eclesiásticas se sienten traicionadas y nuestro Urbano VIII monta en cólera y decide procesar a Galileo. En 1633 Galileo con 69 años y semiciego es obligado a abjurar de sus teorías y es condenado a reclusión domiciliaria hasta el año de su muerte en 1642.

carta a la señora cristina de lorena, gran duquesa de toscana

El creador sigue enseñando que todos y cada uno de los datos logrados crean algunas anomalías en la ciencia habitual que había en la época y que, a pesar de ser tan evidente, muchos astrónomos se acogieron a sus religiones y a “la autoridad de las Sagradas Escrituras” para perseguirle y desprestigiarle. Merced a esto se puede ver el enorme control social que tenía la religión sobre el pueblo pues ni siquiera con buenos argumentos en contra y grandes refutaciones las personas eran capaces de revelarse a eso que se estuvo suponiendo a lo largo de toda la historia. Pero finalizar y filosofares, a mi parecer, una contradicción (y en cierta forma, caeríamos del lado opuesto al de Galileo), con lo que, confesando haber tratado de mentir al lector que pacientemente llegó hasta aquí, se reconoce, y se confiesa, que lo que se pretende aquí es ofrecer un enfrentamiento sobre esta carta y su interpretación filosófica ,en cualquier caso muy abierta a comentarios y mensajes (agradeceré los que me dejen enriquecer esta página a través de nuevos contenidos escritos y referencias). En 1623 su amigo el Cardenal Barberini es nombrado Papa con el nombre de Urbano VIII y Galileo piensa que llegó el instante de seguir la pelea por sus ideas. Publica IL SAGGIATORE, libro en el que polemiza agriamente con el jesuita Orazzo Grassi sobre la naturaleza de los cometas. De a poco se va enemistando con los poderosos jesuitas, que apoyan las buenas relaciones del Papado con España.

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En definitiva, no posiblemente una conclusión sea declarada herética mientras que se duda de su verdad. Vanos serían los esfuerzos de quienes pretenden condenar la creencia en la movilidad de la Tierra y la seguridad del Sol, si en primer lugar no demuestran que esta proposición es imposible y falsa. Pero sucedió que el tiempo reveló paulativamente a todos la verdad de lo por mí sentado. Quienes están alerta de la ciencia astronómica y de la ciencia natural quedaron convencidos de la exactitud de mi primera posición.

Agustín, quien es mencionado a repetición —y hasta más de una vez algunos pasajes son repetidos en el cuerpo de esta carta— considera que la astronomía es una materia profana e inútil y, por consiguiente, Galileo, entiende que por ello sus investigaciones no tienen relación con la salud de las ánimas, ni las perjudican. Su intención en esta carta es, precisamente, demostrar que los que utilizan pretextos bíblicos para acusarle, son quienes están mucho más en contra de las Sagradas Escrituras y de la Patrística o doctrína de la Iglesia aplicable para su interpretación ortodoxa. Se aprecia, por otra parte, que cuando los teólogos se han puesto a estudiarla, no la han considerado equivocada, como se lee en los Comentarios de Diego de Zúñiga sobre Job en el cap. 6, a propósito de las palabras que revuelve la tierra de su rincón, etcétera., donde se nos muestra una larga discusión acerca de la posición de Copérnico, y se concluye que la movilidad de la Tierra no va contra la Escritura. Pero como nosotros estamos unidos a la Tierra y, por consecuencia, a cada uno de sus movimientos, no tenemos la posibilidad de reconocerlos inmediatamente, conviene que nos refiramos a los cuerpos celestes con relación a los que se manifiestan esos movimientos; por eso nos observamos llevados a decir que ellos se producen allí donde a nosotros nos parece que se producen.

Comentario: Galileo Galilei

Me apresuro a decir que hablo siempre y en todo momento con las mismas reservas, o sea, preocupado por no mostrarme tan apegado a mis ideas que quiera preferirlas a las de los otros, y opinar que no se las puede encontrar mejores ni mucho más conformes con la intención de los Contenidos escritos Sagrados. De allí resulta, por consecuencia necesaria, que el Espíritu Santurrón, que no ha amado enseñarnos si el cielo se desplaza o si continúa inmóvil, si su forma es la de una esfera, de un disco o de un plano, no va a haber podido tampoco tener la intención de tratar otras conclusiones que con estas cuestiones se ligan, tales como la determinación del movimiento y del reposo de la Tierra o del Sol. Y si el Espíritu Santo no ha amado enseñarnos esas cosas, pues ellas no concernían al objetivo que Él se propone, a entender, nuestra salud, ¿cómo podría aseverarse entonces que de dos declaraciones sobre esta materia una es de Fe y la otra errada? ¿Podría sostenerse que el Espíritu Santurrón no ha amado enseñarnos algo concerniente a la salud? ¿Podría tratarse de una opinión herética, cuando para nada se relaciona con la salud de las almas?

En estas cartas, Galileo Galilei hace una defensa ante las acusaciones encausadas por quienes según él no actuan conforme a la verdad de fe y la ciencia, sino más bien bajo los conceptos de heregía la ceguera de la subjetividad y vanos argumentos y que ponen en lona de juicio tanto su fe como su reputación, cerrandose a la realidad de los nuevos hechos, en especial frente a los progresos revelados por la ciencia, la matemática y la astronomía. Los científicos, y los tecnólogos, prosiguen encontrando límites artificiales en las opiniones, y en el derecho que ha de utilizar leyes decretadas por el conservadurismo inmovilista. La idea que recomienda Galileo para todos los que están procesados por la interpretación de una regla, o una creencia, radica en argumentar que la mucho más correcta interpretación del texto sagrado en su caso, y en el nuestro, de determinadas normativas y tradiciones, más “condena al que condena”, o al menos, debería condenar más al que condena, que al culpado. Si se pudieran detener el Sol y la Luna, al miemo tiempo, ni la teoría de Ptolomeo, ni tampoco la de Galileo, explicarían eficazmente el fenómeno, por el hecho de que las dos evidenciarían contradicciones. Además de esto, no sería aplicable el principio del tercio excluso porque existen otras explicaciones como la que se centra en la oportunidad de “parar el reloj” y con él la propia percepción del tiempo, o bien crear una ilusión bastante para perturbar esa percepción a través de principios ilusionistas.

Galilei, Galileo

Copérnico tenía que mostrar esta doctrina en seis libros que publicó a requerimiento del cardenal de Capua y del obispo Culmense y dedicó su libro acerca De las Revoluciones Celestes, al sustituto de León X, esto es, a Pablo III; dicha obra, lanzada por ese momento, fué bien recibida por la Santa Iglesia, y leída y estudiada por todo el mundo, sin que nunca se haya elaborado reparo alguno a su doctrina. Sin embargo, al tiempo que se va verificando, basado en exactos ensayos y necesarias demostraciones, la seguridad de las teorías copernicanas, no faltan personas que, aun sin haber visto jamás el libro, premian las múltiples fatigas de su creador con la consideración de herético, y esto con el único objeto de agradar su propio desdén, dirigido sin razón alguna contra otro que, adjuntado con Copérnico, no tiene interés alguno que no sea la comprobación de sus teorías. Pero si esos intérpretes de la Escritura estiman que tienen captado por completo el verdadero sentido de determinado pasaje de la Escritura, es menester, por vía de consecuencia necesaria, que hayan adquirido a la par la seguridad de estar en posesión de la verdad absoluta acerca de la conclusión natural que es su intención defender, y que reconozcan, al tiempo, la enorme ventaja que tienen sobre el adversario, quien habrá de defender la proposición falsa; mientras quien sostiene la realidad va a poder tener de su parte muchas experiencias seguras y muchas demostraciones primordiales, su contrincante sólo puede invocar apariencias, paralogismos y falacias. Y si estos, además de esto, manteniéndose en los términos naturales, y no exhibiendo otras armas que las filosóficas, tienen la seguridad de ser de todos modos superiores a su contrincante, ¿por qué razón ya que experimentan de repente la necesidad de blandir las armas para aterrorizar con su sola vista a su adversario? Para decir la verdad, tengo para mí que son ellos quienes se atemorizan primero y, sintiéndose inútiles de soportar a los asaltos de sus adversarios, buscan el medio de no dejarse emprender, evitando la utilización del alegato que la Divina Bondad les ha concedido, y abusando de la autoridad tan justa de la Sagrada Escrilura, la que, bien entendida y bien usada, jamás puede, según la opinión común de los teólogos, entrar en oposición con experiencias manifiestas y demostraciones primordiales. Pero, si no me equivoco, esos semejantes no deberían conseguir beneficio alguno al resguardarse así en los textos de la Escritura para esconder la imposibilidad en que se hallan de comprender y contradecir los argumentos que se les oponen, ya que, hasta este día, la Santa Iglesia jamás ha culpado una opinión similar.

Cayendo en la cuenta de que si me enfrentan tan sólo en el lote filosófico les resultará, dificultoso confundirme, se publicaron a adargar su razonamiento erróneo tras la cobertura de una religión fingida y la autoridad de las Sagradas Escrituras, aplicándolas, con escasa inteligencia, a la refutación de argumentos que no han comprendido. Frente todo, me hago una pregunta si no hay alguna equivocación en el hecho de no precisar las virtudes que hacen a la teología sagrada digna del título de reina. Ella podría merecer ese nombre, ya porque todo cuanto las otras ciencias enseñan estaría contenido y demostrado en ella en modo mucho más increíble y con asistencia de una doctrina mucho más sublime, también como, por servirnos de un ejemplo, las reglas de la agrimensura y del cálculo están contenidas más principalmente en la aritmética y la geometría de Euclides que en la práctica de los agrimensores y calculistas, o ya asimismo la teología sería reina pues trata de un tema que sobrepasa en dignidad a todos y cada uno de los otros que constituyen la materias de las otras ciencias, y también pues sus preceptos usan medios mucho más excelentes.

Cartas Copernicanas

Si, asentado eso, la teología, ocupada en las mucho más excelsas contemplaciones divinas, ocupa el trono real entre las ciencias con motivo de esta su dignidad, no le está bien rebajarse hasta las humildes especulaciones de las ciencias inferiores, y no debe encargarse de ellas por el hecho de que no tocan a la beatitud. Por ello los ministros y los instructores de teología no deberían atribuirse el derecho de dictar errores sobre disciplinas que no han estudiado ni ejercitado. De hecho, sería exactamente el mismo caso que el de un príncipe absoluto, quien, logrando mandar y hacerse obedecer a su voluntad, diera en reclamar, sin ser médico ni arquitecto, que se respetara su voluntad en temas de remedios y de creaciones, con grave peligro de la vida de sus pobres pacientes y del veloz derrumbamiento de sus inmuebles. Me parece, ya que, si no me equivoco, que de ello se prosigue con claridad bastante que, si nos situamos dentro del sistema de Ptolomeo, resulta preciso interpretar las expresiones de la Escritura en un sentido algo diferente del sentido directo que ella muestra. Instruido por los textos tan útiles de San Agustín, no afirmaré yo que esta interpretación sea necesaria hasta el punto en que no se la logre reemplazar por alguna otra. Pero como este sentido, mucho más acorde con lo que leemos en Josué, semeja que puede comprenderse dentro del sistema de Copérnico, merced al añadido de otra observación que recientemente he probado en el cuerpo del sol, querría examinarlo para acabar.

Los costos de envío, la fecha de entrega y el total del pedido se detallan al terminar la adquisición. Asimismo, resalta que al atacar sus investigaciones, las doctrinas de Copérnico, por servirnos de un ejemplo la reforma del Calendario Eclesiástico, promovidas por la Iglesia, también se vendrían abajo. Para proseguir gozando de los servicios de La Central, por favor, lee y acepta la política de intimidad. Es muy posible que Galileo conociera la “Apología de Sócrates”, y en todo caso, sería bien interesante entablar un paralelismo entre Galileo y Sócrates, al menos, desde la perspectiva de la “Composición de las revoluciones científicas” de Khuny las “Conjeturas y refutaciones” de Popper. La carta del señor Galileo Galilei, Académico Linceo, escrita a la señora Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana, tiene múltiples valores para la Historia de la Filosofía de la Naturaleza. Desde una perspectiva científica, la argumentación no resiste un análisis, pues el Viejo Testamento es puro mito.