Cual Es La Propiedad De Un Poema

Por ello los versistas latinos en sus versos yambos se han tomado la licencia de utilizar también eltribraquio en el segundo y cuarto taburete, y el espondeo y anapesto en el primero, tercero y quinto. Para resolver esta contrariedad, que no es de poca fuerza, es menester que nos detengamos un breve rato a investigar la naturaleza y el oficio de los acentos. Los solecismos, barbarismos y arcaísmos son los defectos que empañan y afean la pureza y belleza de la locución. Sería solecismo decirel fuente, porque aquel artículo masculino no concuerda con un nombre femenino; y sería asimismo solecismo decirel alma, si la utilización común, fundado en la razón de laeufonía, no hubiese autorizado esta irregularidad. Quien oye estos términos tan retumbantes comopurpúreos mares, fabulosos trofeos, trono ovante, sacrílegas tumbas, etcétera., juzgará que desean significar alguna cosa muy grande y elevada; pero si, después, hace reflexión al sentido que encierran, no puede dejar de quedarse helado y corrido de haberse fiado tanto en el sonido de las palabras. No es menos fantástica la suma variedad que se observa en los estilos, que la que se nota en los semblantes; y como esta prueba la infinita sabiduría de nuestro Constructor, aquella demuestra la independencia de nuestro albedrío.

Los que dejaron mucho más nombre son don Agustín Moreto, don Francisco de Rojas, don Antonio de Mendoza, don Luis Vélez de Guevara, Luis de Belmonte, el licenciado Lobera, don Juan de Zabaleta, Jerónimo Cancer, don Pedro Rosete, don Diego Jiménez de Enciso y don Juan do Matos Fragoso; entre los cuales se distinguen Moreto y Rojas, preservando casi la misma reputación que lograron en su edad. Hállome bien con versos tagarotes, que vuelan por corrales de comedias a entretener ociosos marquesotes. A Lope de Rueda -sigue exactamente el mismo Cervantes- sucedió Naharro, natural de Toledo, diferente de Torres Naharro, de quien se hizo mención, «famoso en llevar a cabo la figura del rufián cobarde. Este levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y baúles. Sacó al teatro la música, que antes cantaba tras la manta, y quitó las barbas a los farsantes, que hasta el momento ninguno representaba sin barba postiza, e logró que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos u otras figuras que solicitasen mudanza de rostro; e inventó tramoyas, nubes, truenos, relámpagos, retos y batallas». El infante don Pedro, hermano de don Alonso IV de Aragón, representó en las fiestas a la coronación de aquel rey múltiples poesías suyas, según la práctica de aquel tiempo, en que los versistas representaban sus composiciones; y otras las logró representar por juglares, que eran entonces los únicos representantes de profesión.

«enxienplo De La Propiedad Qu‘el Dinero Ha»

Lucano y Séneca, el trágico, pretendieron llegar por este camino a la excelencia de Virgilio, pero se han quedado muy atrás, y todos los sabios y eruditos han reconocido la diferencia que había del estilo declamatorio de laFarsalia y de las tragedias a la majestad y nobleza de laEneida. También es recurrente este error en nuestras comedias, donde las personas, en medio de sus pasiones, sus celos, sus enojos y sus desgracias, se explican de ordinario con semejantes sutilezas, con tan estudiados conceptos, con estilo tan culto, que desmintiendo su pasión, la quitan enteramente el crédito y hacen infructuoso cuanto dicen. Torcuato Tasso, atendiendo a esta impropiedad, no introdujo en sus poemas semejantes deidades, sino ángeles buenos y pésimos, magos, etcétera. En el canto primero envía Dios el arcángel Gabriel con un mensaje a Godofredo, y en el canto nono envía a San Miguel a contribuir a los cristianos en la batalla; y esto mismo practicaron Ariosto y todos los demás versistas épicos, salvo Camõens, convencidos que no era tolerable en asuntos cristianos la introducción de las deidades de la gentilidad, por mucho que se pretextase con alguna alegoría. Publicada inicialmente en 1995, la editorial El Paseo recobra para su serie ‘Ópera Prima’ la novela La propiedad del paraíso, de Felipe Benítez Reyes.

Para entero cumplimiento del asunto de este libro, en que intentamos de la herramienta y del deleite de la poesía, resta sólo que examinemos el metro y la armonía del verso, inquiriendo su origen, su fundamento y sus reglas, especialmente cuanto a los versos vulgares, pues el artificio de los latinos es notorio y se enseña en alguno gramática. Pero antes de entrar en el asunto, he de prevenir a mi lector, que no espere encontrar aquí explicadas las distintas maneras con que se pueden contar con los catorce versos de un soneto, ni qué cosa sea el soneto continuo, encadenado, terciado, doblado con reiteración, con cola, etcétera; ni de qué forma se enlacen los consonantes de las canciones, de qué forma se formen los madrigales, las sextinas, las octavas, las coplas, las redondillas, las décimas, los villancicos, los romances, las glosas, etc. Todo lo mencionado es muy fácil de aprender y basta leer elArte poética, de Juan Díaz Rengifo, o seguir materialmente el artificio y la predisposición de los versos y coplas de cualquier poeta.

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Entonces parece obvio que Aristóteles no entendió apuntar para la unidad de tiempo el término preciso de veinticuatro horas o de doce, y solo va a haber amado decir, a mi entender, que lo más que podía prolongar el poeta el tiempo de su fábula era este espacio. Luego la cabeza de Aristóteles, en este rincón, era decir que la auténtica y exacta unidad de tiempo fuera aún menos de 12 horas y que el poeta,cuando mucho más (hòti màlista), pudiese alargarse hasta 12 horas o algo más. Exactamente la misma diferencia que pone Aristóteles entre la epopeya y la tragedia, diciendo que la epopeya no está precisada a tiempo alguno, es una conjetura muy fuerte de que Aristóteles entendió la unidad de tiempo como nosotros la comprendemos. Pues la razón de esta diferencia es el ser la epopeya una pura narración de un hecho; y entre el tiempo que duró el hecho y el que dura la narración no hay conexión ni proporción alguna, pudiéndose referir en pocas horas lo que ha costado de ejecutar varios años.

Pero en el caso de no practicarse esta nueva predisposición de teatro, siempre tengo por mejor la de mutaciones y bastidores que no la que comúnmente se utiliza en España, donde 4 paños o cortinas inmobles representan todo género de lugares, cosa demasiado beligerante para la imaginación del auditorio. Lo cual Aristóteles mismo enseña de qué forma se ha de comprender, advirtiendo que no comprende charlar de la grandeza material de la fábula, ni de su material duración, que pendería de su mayor o menor número de versos, o del mayor o menor espacio de tiempo que gastasen los actores en representarla, el que espacio anteriormente se medía por relojes de agua, y estaba ya establecido cuánto debía durar. La justa excelencia de la fábula, por lo que toca al poeta, consiste en el justo número y proporcionada extensión de las acciones, que son como unas partes de la fábula y forman su todo. De modo que si las acciones, de las que se compone la fábula, fueren de tan proporcionada extensión y número que logren sin fatiga entenderse y conservarse con facilidad en la memoria124, en tal caso la fábula tendrá la justa grandeza que se quiere. Pero, a la inversa, si las acciones fueren, o tan escasas y breves que fácilmente se borren de la memoria, en la que han hecho poca impresión, o si fueren tantas y tan exageradamente prolijas que fatiguen y confundan la memoria de los oyentes, entonces va a faltar la justa excelencia a la fábula, por ser o demasiadamente grande o demasiadamente pequeña. Bien de este modo para que un animal parezca bello debe ser ni de tan desmesurado tamaño que no se pueda en un vistazo discernir distintamente la proporción de sus partes, ni de cuerpo tan chico que, perdiéndose de vista sus miembros, no se divise su proporción, pareciendo como un todo indistinto y raro.

Algunos hechos y ciertos nombres son tan insignes y famosos, que hasta la gente vulgar ha entreoído algo de ellos. De esta especie son, por poner un ejemplo, en España, los nombres y hechos del rey don Rodrigo, del Cid, del Gran Capitán, de Hernán Cortés y de otros semejantes; y lo mismo digo de otros hechos y de otros nombres asimismo conocidos y conocidos en otras partes. Y sin ningún género de dudas tales sucesos van a ser mejores para la tragedia que otros del mismo modo históricos pero menos sabidos.

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Quisiera que esta «propiedad del paraíso» haya pasado equitativamente a ser de dominio público. En el capítulo 14, y en el último, por servirnos de un ejemplo, Felipe Benítez Reyes pausa la búsqueda de su real —o simulado— personaje infantil y se sitúa en el tiempo del que escribe, sintetizando desde la visión del presente lo que hasta el momento había sido un selectivo sondeo en el pretérito. Me refiero sobre todo a la ironía, cuyo empleo me semeja en especial efectivo por cuanto desplaza del campo argumental todo lo que pudiese escurrirse hacia unas reflexiones bastante solemnes o demasiado ampulosas. Es una ironía que se genera asimismo a través de la sintaxis y que suma un nuevo atractivo a la elocución. Las fantasías infantiles quedan muy bien dosificadas en esos soportes irónicos que estabilizan la verdad. A eso que habría que añadir la manifiesta singularidad operativa de la prosa, donde comparece de repente como una exquisitez en el fraseo que viene quizá de Gómez de la Serna, aun de determinados modales posrománticos, pero que incide en lo que podrían ser los anticipos teóricos de un nuevo realismo sentimental.

Miguel de Cervantes, en el citado prólogo a sus comedias, se gloria de haberse atrevido, enLa destrucción de Numancia y enLa batalla naval, a reducir a tres las cinco jornadas. Alguno de los dos que fuera, Virués o Cervantes, quien las redujo a tres, dejó tan establecida esta división, que desde entonces absolutamente nadie se ha apartado de ella. A la fuente anheló de eterna vida con sed el alma, y quebrantar pretende la prisión donde gime detenida.Por librarse del nudo que la prende forceja siempre, y como desterrada, a disfrutar solo de su patria atiende.Llora cuando en el peso transportada de la vida, aunque vida transitoria, se mira a sus miserias obligada. Contempla aquella gloria, aquella gloria que pecando perdió, y el mal presente del bien perdido aumenta la memoria. De los triunfos de amor el más lucido, el trance del mal más apretado, la causa del poder mucho más ofendido, el objetivo en el favor mucho más desdichado, el rigor mucho más cruel que ha cometido crueldad irracional, canto inspirado; no por conceptos de mi genio solo o los escribo, díctalos Apolo.

Resulta conveniente, ya que, que el poeta divida su atención entre estos dos extremos, cuidando primeramente de los conceptos y cosas, y, en segundo, de las palabras con que los afirma y de los metros en que los encierra. En el capítulo antecedente he discurrido de la construcción y armonía de los metros; hablaré en este momento de los consonantes y de los asonantes con que rematan. En vano se esfuerza el poeta en la exactitud de los metros y consonantes si en ellos no afirma más que palabras vanas, sin sentencia ni término, o si lo que en ellos dice es impropio, o falso, o puesto como ripio, sólo para ocupar los versos. Pero tampoco debe dejar, con culpable abandono, la medida y la armonía, ni la decisión y colocación de los consonantes. Los versos de ocho sílabas tienen una medida igualmente cuatro pies de 2 sílabas, el último espondeo o troqueo.